Quienes tuvieron el placer de tratar a K le escucharon contar historias divertidas, chistes e infinidad de anécdotas. K nunca se hizo pasar por autor de las cosas cómicas que contaba. Las fuentes de algunos de sus cuentos se remontan a la literatura zen. Pero él los modificaba un poco. Empleaba los chistes y las historias ajenas para instruir y despertar a cuantos buscaban su consejo así como para aclarar aspectos difíciles de sus enseñanzas. En sus horas de ocio en Colombo, vimos a K leer un libro de chistes. A K le encantaba el humor de Mark Twain y pude comprobar que en la biblioteca personal que tenía en Arya Vihar, en Ojai, tenía varios libros de este gran humorista norteamericano. Algunas de sus historias no se basaban en hechos pero eso no tenía ninguna importancia porque su propósito era transmitir un mensaje.

K disfrutaba contando historias en las que se describían comportamientos personales que no estaban de acuerdo con los principios morales reconocidos. He aquí un buen ejemplo:

Dos monjes que habían hecho votos de abstinencia sexual absoluta, de pensamiento, palabra y hecho, regresaban lentamente a su monasterio después de haber ido a un funeral. El monje más anciano iba delante del joven novicio que llevaba en una bolsa de cuero las monedas que les habían dado por oficiar el funeral. Al pasar delante del prostíbulo del pueblo, el joven novicio dijo entusiasmado:

«¿Vamos a ver a la prostituta del pueblo y a gastarnos lo que hemos ganado?»

Presa del asombro y el disgusto, el monje más anciano reprendió al joven novicio:

«¡Avergüénzate! ¿Acaso no sabes que no deberías tener estos pensamientos? Además, no tenemos dinero suficiente para eso».

Otra historia también se refiere a dos monjes que habían hecho votos de castidad y abstinencia absoluta de pensamiento, palabra y hecho. Partieron juntos en un largo viaje durante el cual debían recorrer a pie poblados, bosques y tierras pantanosas. Se disponían a cruzar un río con una fuerte corriente cuando se les presentó una atractiva muchacha y les pidió que la ayudasen a cruzar.

«Márchate» le gritó el monje joven, «porque hemos hecho promesa de no tener tratos con mujeres».

«Os ruego que me ayudéis» sollozó la muchacha.

Al oír esto, el monje más anciano la alzó en brazos y vadeó el río de rápida corriente. Cuando hubo cruzado, la mujer le agradeció el favor y se marchó. Concluido el incidente, el monje joven se pasó varios días criticando la conducta del más anciano. Se quejaba muy airado:

«Has tenido una conducta impropia al tocar el cuerpo de una mujer».

El monje más anciano le espetó:

«¡Yo dejé a esa mujer en la orilla del río pero tú sigues llevándola en brazos!»

Esta historia ilustra la mente poco casta del joven monje que seguía turbado por un hecho inocente que pertenecía al pasado. Según K, la verdadera castidad consiste en estar libres de la formación de imágenes y su almacenamiento en el espíritu. Por lo tanto, su idea de la castidad estaba muy alejada de la actitud tradicional que insiste en evitar todo contacto con el sexo opuesto.

Un día, mientras K y yo almorzábamos en Gstaad, Suiza, me preguntó con curiosidad qué lugares de interés cultural había visitado en mis vacaciones de verano en Roma. Le comenté que lo más interesante de mi viaje había sido el día que pasé inspeccionando los estantes de la maravillosa Biblioteca Apostólica Vaticana. Le describí con entusiasmo los antiguos manuscritos, los primeros libros impresos y otros tesoros de esta institución. Le referí a K que los administradores de esa gran biblioteca habían aceptado agradecidos algunos libros que yo había escrito sobre sus enseñanzas. También les regalé algunos libros de K que fueron muy bien recibidos. «Será muy divertido» dije, «cuestionar sus creencias y dogmas y sacudir los cimientos mismos de la Iglesia Católica Romana. ¿No le parece necesario estimular a los teólogos a que lean libros relacionados con sus enseñanzas?»

K me preguntó: «¿De veras están interesados?»

Le contesté: «Pues tenemos que hacer que se interesen. ¿Cree usted que al Papa le interesaría asistir a sus charlas?» La ingenuidad de mi pregunta lo sorprendió. Me lanzó una mirada incrédula y me dijo: «¿El Papa en Saanen? No lo creo probable». De inmediato, K se puso a hablar de las magníficas obras de arte que había visto en el Vaticano. Me dio la impresión de que no había tenido una audiencia con ningún Papa, pero me comentó que Juan Pablo I muy sonriente lo había saludado con la mano. K sentía una simpatía especial por ese Papa, al que describía como «un hombre amistoso». K lamentaba que hubiera muerto repentinamente después de un breve reinado. Muy divertido, K me contó esta historia:

Encontraron a un mendigo harapiento orando en la Capilla Sixtina, la capilla del Papa, decorada con frescos de Miguel Ángel y otros pintores. El Papa notó enseguida la presencia del mendigo y de inmediato manifestó su fastidio. «¿Quién es ese hombre que está ahí arrodillado? No lleva la ropa adecuada». El Papa ordenó al mendigo que abandonara de inmediato la Capilla Sixtina. El hombre tuvo que obedecer. El mendigo se sintió decepcionado por el rechazo del Papa, pues para él, que era muy devoto, aquello casi equivalía a haber sido excomulgado de la Iglesia Católica. Regresó a la sórdida habitación que ocupaba en un barrio bajo de Roma. Y en la soledad y el silencio de su cuarto se arrodilló para rezar. De repente, Dios se le apareció en persona. El pobre hombre no daba crédito a sus ojos al ver al Todopoderoso en todo Su esplendor. Dios se dirigió a él amorosamente y le preguntó:

«¿Cuál es tu problema?»

«Mi problema» le contestó, «es que me echaron del Vaticano».

«No te preocupes» le dijo Dios, «porque a mí tampoco me dejan entrar».

A K le gustaban los chistes y las anécdotas de Jesús y, sobre todo, de misioneros que viajan a países lejanos con la intención de convertir al cristianismo a los paganos que se niegan a reconocer al Dios de la Biblia.

Una de sus historias preferidas era la de un misionero que ponía gran celo en su trabajo e intentaba predicar los evangelios a un grupo de caníbales. A los caníbales les molestó tanto su actitud desdeñosa que decidieron comérselo para la cena. Se disponían a freír al misionero en una olla de aceite hirviente.

«Por favor, no me comáis pidió el misionero asustado».

«Lo que uno come» filosofó uno de los caníbales, «es cuestión de gustos. A ti te encanta comer carne de vaca y nosotros preferimos la de misionero. »

Susanaga Weeraperuma
KRISHNAMURTI TAL COMO LE CONOCÍ
Traducción de Celia Filipetto
Verdaguer, 1 08786 Capellades (Barcelona)

Más o menos por esta época, conversé con Indira sobre la posibilidad de que Krishnaji hablara en la India durante el invierno de 1.976. Ella dijo: “Es muy bienvenido en la India y puede hablar libremente”. Ella sabía del apasionado interés de Krishnaji por la libertad; K era un revolucionario religioso, y para él la vida sin libertad era muerte. Krishnaji arribó a la India en octubre de 1.976 y se hospedó conmigo en el 1 de King George’s Avenue.

El 27 de octubre Indira llegó a mi casa para cenar a las 19,30 hs. Vestía un sari verde impreso en tonos suaves de rosa. Los otros invitados incluían a Achyut; Nandini con su hija Devi y su nieta Aditi, joven y exquisita bailarina; Sunanda y Pama Patwardhan; y L.K. Jha, Indira nos dijo que, de acuerdo con el calendario indio, era su cumpleaños. Expresó el deseo de hablar con Krishnaji, y estuvo con él en su sala de estar hasta las nueve.

Durante la cena se mantuvo muy silenciosa, dándose apenas cuenta de lo que pasaba a su alrededor. Achyut, que se había mostrado apasionadamente crítico, con respecto al estado de emergencia, se mantuvo callado, hasta torvo. L.K. Jha y Krishnaji fueron los que más hablaron. Krishnaji no miró a Indira ni le habló durante toda la cena. Sentía la vulnerabilidad de ella y no quiso molestarla.

Para disminuir la tensión, Krishnaji empezó relatando sus numerosas anécdotas sobre San Pedro y el paraíso. Recuerdo una en particular. Un hombre muy rico que había hecho muchas obras de caridad, murió. Cuando llegó hasta las puertas del paraíso, se encontró con San Pedro que custodiaba la entrada. El hombre entregó sus credenciales, y Pedro dijo que podía cruzar las puertas; pero antes de que lo hiciera, Pedro le preguntó: “¿No te gustaría ver lo que hay allá abajo?” El hombre rico contestó: “Seguro, ¿es fácil llegar allá?” Pedro dijo: “Sólo aprieta el botón y el ascensor te llevará abajo”. Cuando llegó abajo, las puertas del infierno se abrieron y el hombre rico vio un jardín lleno de flores, con agua surgente y bellas mujeres que le aguardaban para recibirlo con vinos selectos y raros manjares. Después de pasar un tiempo en los más maravillosos ambientes, regresó adonde estaba Pedro para decirle que el infierno era un lugar mejor, más divertido, y que había decidido ir allá. Pedro dijo: “Claro, pensé que lo sentirías así”. De modo que el hombre rico presionó el botón y descendió de vuelta al infierno. Cuando se abrió la puerta, el jardín se había esfumado y dos corpulentos rufianes lo estaban esperando y empezaron a golpearlo. El hombre trató de detenerlos; entre golpe y golpe alcanzó a jadear: “¿Qué ha ocurrido? ¡Vine aquí hace sólo cinco minutos y me recibieron con los brazos abiertos!” “Ah”, dijo el rufián propinándole otro golpe, “entonces eras un turista”.

Todos rieron, e incluso Indira no pudo evitar una sonrisa aunque parecía muy preocupada y distante. Después Indira se unió a la conversación y contó una historia de astronautas que, a su regreso del espacio exterior, fueron a visitar a Kruschev, quien los interrogó en secreto preguntándoles: “Cuando ustedes se encontraban muy alto en los cielos, ¿vieron luces misteriosas, seres extraños? ¿Vieron una figura grande, misteriosa, de barba blanca y rodeada de luz?” Los astronautas contestaron: “Sí, camarada, la vimos”. Y Kruschev dijo: “Me lo temía”. Después les previno: “Esto es sólo entre nosotros, no hablen de ello con nadie”. Más adelante, los astronautas viajaron por el mundo y visitaron al Papa. Terminadas las formalidades devotas, el Papa los llevó aparte y les dijo: “Hijos míos, cuando os encontrabais allá arriba, ¿visteis luces o disteis con una gran figura de barba blanca?” Contestaron: “No, padre, no vimos luces ni vimos ninguna figura barbada”. Y el Papa dijo: “¡Ah, hijos míos, ya me parecía! Pero por vuestras almas, no habléis de esto con nadie”. Todos los que estábamos en la mesa reímos, pero L.K. Jha parecía desconcertado porque Krishnaji le había contado esta historia a él, él a su vez se la había repetido a la Primera Ministra, y ahora ella la había devuelto a Krishnaji.

Biografía de J. Krishnamurti.
Pupul Jayakar. Editorial Kier.

Es el vuelo inicial del primer jet supersónico completamente informatizado, automatizado y sin tripulantes que cruza el Atlántico -comenzó, guiñandonos rápidamente el ojo K.-. El avión está abarrotado de pasajeros dada la gran campaña publicitaria que se ha desplegado para el evento, todo el mundo está ya en su asiento y el avión despega sin el menor problema. Una vez en el aire, se pone automáticamente en marcha el interfono para dar la bienvenida a los pasajeros: “Bienvenidos, señoras y caballeros, a nuestro vuelo inaugural de Londres a Nueva York en la primera aeronave informatizada y sin piloto. El sistema de vuelo computarizado garantiza las normas más elevadas de seguridad. Relájense en sus asientos y disfruten de su vuelo, mientras los robots-azafata les sirven algún refresco. Tengan ustedes la más absoluta confianza en que no hay nada que pueda salir mal, en que no hay nada que pueda salir mal, en que no hay nada que pueda salir mal…”

Cuando las risas comenzaron a silenciarse, recordé mi papel de periodista y dije:
-Bien, Krishnaji, ya conocerá usted la noticia del desastre aéreo ocurrido hace un par de días cundo los soviéticos derribaron el vuelo 007 de un avión de la Korean Airlines sobre la isla de Sajalín…

Este comentario desencadenó los comentarios de todos los presentes, puesto que el acontecimiento llevaba cuarenta y ocho horas ocupando la primera plana de todos los medios de comunicación.

Tomado de “Crónicas desde la Cocina”,
por Michael Krohnen,
Editorial Kairos,
2005.

Tomado de “The Kitchen Chronicles: Lunches with J. Krishnamurti”

por Krohnen, Michael

Mirando alrededor de la mesa, él comenzó preguntando, “¿Hay algún cristiano aquí? No quiero blasfemar ni ofender a ninguno”. Como ninguno se declaró afiliado a ninguna religión, él continuó, “El Señor y San Pedro están en el cielo observando la acción que trascurría en la tierra en un televisor. Se maravillaron con lo que vieron: las personas estaban siempre corriendo, excavando y construyendo incesantemente, levantando grandes ciudades, todo el mundo ocupado, ocupado, ocupado, desde temprano en la mañana hasta la noche. El Señor se volvió a San Pedro y le preguntó, incrédulo: “¿Qué están haciendo todos ellos, trabajando desde la mañana hasta la noche, sin descansar nunca, siempre esforzándose, batallando, compitiendo? ¿Por qué razón?” San Pedro respondió: “Bueno, Señor, esta gente son tus seguidores, ellos creen en ti y te obedecen. Y tu les dijiste que ganarán el pan con el sudor de sus frentes”. Y el Señor le dijo a San Pedro, “¡Pero si yo sólo estaba bromeando!”

Comenzamos a reír, pero Krishnamurti hizo gestos para calmarnos, diciendo, “No, no rían todavía. Hay más.” San Pedro cambió de canal y vieron un magnífico lugar de banquetes en el Vaticano con grandes mesas llenas de caros manjares. Había caviar, trufas, los más finos vinos, etc. Cientos de grandes hombres en ropas púrpuras se hallaban sentados alrededor de las mesas, festejando, riendo y tomando coñac y fumando cigarros. Ellos eran los cardenales y obispos, teniendo una fiesta. “¿Qué hay acerca de esta gente? ” Preguntó el Señor a San Pedro, “Ellos no parecen estar comiendo pan con el sudor de sus frentes. Si me preguntaras, te diría que están pasando por un muy buen momento”. San Pedro contestó: “Bueno, Señor, éstos son los que saben que usted sólo estaba bromeando.”