Álbum de fotos de Jiddu krishnamurti.

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Quienes tuvieron el placer de tratar a K le escucharon contar historias divertidas, chistes e infinidad de anécdotas. K nunca se hizo pasar por autor de las cosas cómicas que contaba. Las fuentes de algunos de sus cuentos se remontan a la literatura zen. Pero él los modificaba un poco. Empleaba los chistes y las historias ajenas para instruir y despertar a cuantos buscaban su consejo así como para aclarar aspectos difíciles de sus enseñanzas. En sus horas de ocio en Colombo, vimos a K leer un libro de chistes. A K le encantaba el humor de Mark Twain y pude comprobar que en la biblioteca personal que tenía en Arya Vihar, en Ojai, tenía varios libros de este gran humorista norteamericano. Algunas de sus historias no se basaban en hechos pero eso no tenía ninguna importancia porque su propósito era transmitir un mensaje.

K disfrutaba contando historias en las que se describían comportamientos personales que no estaban de acuerdo con los principios morales reconocidos. He aquí un buen ejemplo:

Dos monjes que habían hecho votos de abstinencia sexual absoluta, de pensamiento, palabra y hecho, regresaban lentamente a su monasterio después de haber ido a un funeral. El monje más anciano iba delante del joven novicio que llevaba en una bolsa de cuero las monedas que les habían dado por oficiar el funeral. Al pasar delante del prostíbulo del pueblo, el joven novicio dijo entusiasmado:

«¿Vamos a ver a la prostituta del pueblo y a gastarnos lo que hemos ganado?»

Presa del asombro y el disgusto, el monje más anciano reprendió al joven novicio:

«¡Avergüénzate! ¿Acaso no sabes que no deberías tener estos pensamientos? Además, no tenemos dinero suficiente para eso».

Otra historia también se refiere a dos monjes que habían hecho votos de castidad y abstinencia absoluta de pensamiento, palabra y hecho. Partieron juntos en un largo viaje durante el cual debían recorrer a pie poblados, bosques y tierras pantanosas. Se disponían a cruzar un río con una fuerte corriente cuando se les presentó una atractiva muchacha y les pidió que la ayudasen a cruzar.

«Márchate» le gritó el monje joven, «porque hemos hecho promesa de no tener tratos con mujeres».

«Os ruego que me ayudéis» sollozó la muchacha.

Al oír esto, el monje más anciano la alzó en brazos y vadeó el río de rápida corriente. Cuando hubo cruzado, la mujer le agradeció el favor y se marchó. Concluido el incidente, el monje joven se pasó varios días criticando la conducta del más anciano. Se quejaba muy airado:

«Has tenido una conducta impropia al tocar el cuerpo de una mujer».

El monje más anciano le espetó:

«¡Yo dejé a esa mujer en la orilla del río pero tú sigues llevándola en brazos!»

Esta historia ilustra la mente poco casta del joven monje que seguía turbado por un hecho inocente que pertenecía al pasado. Según K, la verdadera castidad consiste en estar libres de la formación de imágenes y su almacenamiento en el espíritu. Por lo tanto, su idea de la castidad estaba muy alejada de la actitud tradicional que insiste en evitar todo contacto con el sexo opuesto.

Un día, mientras K y yo almorzábamos en Gstaad, Suiza, me preguntó con curiosidad qué lugares de interés cultural había visitado en mis vacaciones de verano en Roma. Le comenté que lo más interesante de mi viaje había sido el día que pasé inspeccionando los estantes de la maravillosa Biblioteca Apostólica Vaticana. Le describí con entusiasmo los antiguos manuscritos, los primeros libros impresos y otros tesoros de esta institución. Le referí a K que los administradores de esa gran biblioteca habían aceptado agradecidos algunos libros que yo había escrito sobre sus enseñanzas. También les regalé algunos libros de K que fueron muy bien recibidos. «Será muy divertido» dije, «cuestionar sus creencias y dogmas y sacudir los cimientos mismos de la Iglesia Católica Romana. ¿No le parece necesario estimular a los teólogos a que lean libros relacionados con sus enseñanzas?»

K me preguntó: «¿De veras están interesados?»

Le contesté: «Pues tenemos que hacer que se interesen. ¿Cree usted que al Papa le interesaría asistir a sus charlas?» La ingenuidad de mi pregunta lo sorprendió. Me lanzó una mirada incrédula y me dijo: «¿El Papa en Saanen? No lo creo probable». De inmediato, K se puso a hablar de las magníficas obras de arte que había visto en el Vaticano. Me dio la impresión de que no había tenido una audiencia con ningún Papa, pero me comentó que Juan Pablo I muy sonriente lo había saludado con la mano. K sentía una simpatía especial por ese Papa, al que describía como «un hombre amistoso». K lamentaba que hubiera muerto repentinamente después de un breve reinado. Muy divertido, K me contó esta historia:

Encontraron a un mendigo harapiento orando en la Capilla Sixtina, la capilla del Papa, decorada con frescos de Miguel Ángel y otros pintores. El Papa notó enseguida la presencia del mendigo y de inmediato manifestó su fastidio. «¿Quién es ese hombre que está ahí arrodillado? No lleva la ropa adecuada». El Papa ordenó al mendigo que abandonara de inmediato la Capilla Sixtina. El hombre tuvo que obedecer. El mendigo se sintió decepcionado por el rechazo del Papa, pues para él, que era muy devoto, aquello casi equivalía a haber sido excomulgado de la Iglesia Católica. Regresó a la sórdida habitación que ocupaba en un barrio bajo de Roma. Y en la soledad y el silencio de su cuarto se arrodilló para rezar. De repente, Dios se le apareció en persona. El pobre hombre no daba crédito a sus ojos al ver al Todopoderoso en todo Su esplendor. Dios se dirigió a él amorosamente y le preguntó:

«¿Cuál es tu problema?»

«Mi problema» le contestó, «es que me echaron del Vaticano».

«No te preocupes» le dijo Dios, «porque a mí tampoco me dejan entrar».

A K le gustaban los chistes y las anécdotas de Jesús y, sobre todo, de misioneros que viajan a países lejanos con la intención de convertir al cristianismo a los paganos que se niegan a reconocer al Dios de la Biblia.

Una de sus historias preferidas era la de un misionero que ponía gran celo en su trabajo e intentaba predicar los evangelios a un grupo de caníbales. A los caníbales les molestó tanto su actitud desdeñosa que decidieron comérselo para la cena. Se disponían a freír al misionero en una olla de aceite hirviente.

«Por favor, no me comáis pidió el misionero asustado».

«Lo que uno come» filosofó uno de los caníbales, «es cuestión de gustos. A ti te encanta comer carne de vaca y nosotros preferimos la de misionero. »

Susanaga Weeraperuma
KRISHNAMURTI TAL COMO LE CONOCÍ
Traducción de Celia Filipetto
Verdaguer, 1 08786 Capellades (Barcelona)

Más o menos por esta época, conversé con Indira sobre la posibilidad de que Krishnaji hablara en la India durante el invierno de 1.976. Ella dijo: “Es muy bienvenido en la India y puede hablar libremente”. Ella sabía del apasionado interés de Krishnaji por la libertad; K era un revolucionario religioso, y para él la vida sin libertad era muerte. Krishnaji arribó a la India en octubre de 1.976 y se hospedó conmigo en el 1 de King George’s Avenue.

El 27 de octubre Indira llegó a mi casa para cenar a las 19,30 hs. Vestía un sari verde impreso en tonos suaves de rosa. Los otros invitados incluían a Achyut; Nandini con su hija Devi y su nieta Aditi, joven y exquisita bailarina; Sunanda y Pama Patwardhan; y L.K. Jha, Indira nos dijo que, de acuerdo con el calendario indio, era su cumpleaños. Expresó el deseo de hablar con Krishnaji, y estuvo con él en su sala de estar hasta las nueve.

Durante la cena se mantuvo muy silenciosa, dándose apenas cuenta de lo que pasaba a su alrededor. Achyut, que se había mostrado apasionadamente crítico, con respecto al estado de emergencia, se mantuvo callado, hasta torvo. L.K. Jha y Krishnaji fueron los que más hablaron. Krishnaji no miró a Indira ni le habló durante toda la cena. Sentía la vulnerabilidad de ella y no quiso molestarla.

Para disminuir la tensión, Krishnaji empezó relatando sus numerosas anécdotas sobre San Pedro y el paraíso. Recuerdo una en particular. Un hombre muy rico que había hecho muchas obras de caridad, murió. Cuando llegó hasta las puertas del paraíso, se encontró con San Pedro que custodiaba la entrada. El hombre entregó sus credenciales, y Pedro dijo que podía cruzar las puertas; pero antes de que lo hiciera, Pedro le preguntó: “¿No te gustaría ver lo que hay allá abajo?” El hombre rico contestó: “Seguro, ¿es fácil llegar allá?” Pedro dijo: “Sólo aprieta el botón y el ascensor te llevará abajo”. Cuando llegó abajo, las puertas del infierno se abrieron y el hombre rico vio un jardín lleno de flores, con agua surgente y bellas mujeres que le aguardaban para recibirlo con vinos selectos y raros manjares. Después de pasar un tiempo en los más maravillosos ambientes, regresó adonde estaba Pedro para decirle que el infierno era un lugar mejor, más divertido, y que había decidido ir allá. Pedro dijo: “Claro, pensé que lo sentirías así”. De modo que el hombre rico presionó el botón y descendió de vuelta al infierno. Cuando se abrió la puerta, el jardín se había esfumado y dos corpulentos rufianes lo estaban esperando y empezaron a golpearlo. El hombre trató de detenerlos; entre golpe y golpe alcanzó a jadear: “¿Qué ha ocurrido? ¡Vine aquí hace sólo cinco minutos y me recibieron con los brazos abiertos!” “Ah”, dijo el rufián propinándole otro golpe, “entonces eras un turista”.

Todos rieron, e incluso Indira no pudo evitar una sonrisa aunque parecía muy preocupada y distante. Después Indira se unió a la conversación y contó una historia de astronautas que, a su regreso del espacio exterior, fueron a visitar a Kruschev, quien los interrogó en secreto preguntándoles: “Cuando ustedes se encontraban muy alto en los cielos, ¿vieron luces misteriosas, seres extraños? ¿Vieron una figura grande, misteriosa, de barba blanca y rodeada de luz?” Los astronautas contestaron: “Sí, camarada, la vimos”. Y Kruschev dijo: “Me lo temía”. Después les previno: “Esto es sólo entre nosotros, no hablen de ello con nadie”. Más adelante, los astronautas viajaron por el mundo y visitaron al Papa. Terminadas las formalidades devotas, el Papa los llevó aparte y les dijo: “Hijos míos, cuando os encontrabais allá arriba, ¿visteis luces o disteis con una gran figura de barba blanca?” Contestaron: “No, padre, no vimos luces ni vimos ninguna figura barbada”. Y el Papa dijo: “¡Ah, hijos míos, ya me parecía! Pero por vuestras almas, no habléis de esto con nadie”. Todos los que estábamos en la mesa reímos, pero L.K. Jha parecía desconcertado porque Krishnaji le había contado esta historia a él, él a su vez se la había repetido a la Primera Ministra, y ahora ella la había devuelto a Krishnaji.

Biografía de J. Krishnamurti.
Pupul Jayakar. Editorial Kier.

Es el vuelo inicial del primer jet supersónico completamente informatizado, automatizado y sin tripulantes que cruza el Atlántico -comenzó, guiñandonos rápidamente el ojo K.-. El avión está abarrotado de pasajeros dada la gran campaña publicitaria que se ha desplegado para el evento, todo el mundo está ya en su asiento y el avión despega sin el menor problema. Una vez en el aire, se pone automáticamente en marcha el interfono para dar la bienvenida a los pasajeros: “Bienvenidos, señoras y caballeros, a nuestro vuelo inaugural de Londres a Nueva York en la primera aeronave informatizada y sin piloto. El sistema de vuelo computarizado garantiza las normas más elevadas de seguridad. Relájense en sus asientos y disfruten de su vuelo, mientras los robots-azafata les sirven algún refresco. Tengan ustedes la más absoluta confianza en que no hay nada que pueda salir mal, en que no hay nada que pueda salir mal, en que no hay nada que pueda salir mal…”

Cuando las risas comenzaron a silenciarse, recordé mi papel de periodista y dije:
-Bien, Krishnaji, ya conocerá usted la noticia del desastre aéreo ocurrido hace un par de días cundo los soviéticos derribaron el vuelo 007 de un avión de la Korean Airlines sobre la isla de Sajalín…

Este comentario desencadenó los comentarios de todos los presentes, puesto que el acontecimiento llevaba cuarenta y ocho horas ocupando la primera plana de todos los medios de comunicación.

Tomado de “Crónicas desde la Cocina”,
por Michael Krohnen,
Editorial Kairos,
2005.

Tomado de “The Kitchen Chronicles: Lunches with J. Krishnamurti”

por Krohnen, Michael

Mirando alrededor de la mesa, él comenzó preguntando, “¿Hay algún cristiano aquí? No quiero blasfemar ni ofender a ninguno”. Como ninguno se declaró afiliado a ninguna religión, él continuó, “El Señor y San Pedro están en el cielo observando la acción que trascurría en la tierra en un televisor. Se maravillaron con lo que vieron: las personas estaban siempre corriendo, excavando y construyendo incesantemente, levantando grandes ciudades, todo el mundo ocupado, ocupado, ocupado, desde temprano en la mañana hasta la noche. El Señor se volvió a San Pedro y le preguntó, incrédulo: “¿Qué están haciendo todos ellos, trabajando desde la mañana hasta la noche, sin descansar nunca, siempre esforzándose, batallando, compitiendo? ¿Por qué razón?” San Pedro respondió: “Bueno, Señor, esta gente son tus seguidores, ellos creen en ti y te obedecen. Y tu les dijiste que ganarán el pan con el sudor de sus frentes”. Y el Señor le dijo a San Pedro, “¡Pero si yo sólo estaba bromeando!”

Comenzamos a reír, pero Krishnamurti hizo gestos para calmarnos, diciendo, “No, no rían todavía. Hay más.” San Pedro cambió de canal y vieron un magnífico lugar de banquetes en el Vaticano con grandes mesas llenas de caros manjares. Había caviar, trufas, los más finos vinos, etc. Cientos de grandes hombres en ropas púrpuras se hallaban sentados alrededor de las mesas, festejando, riendo y tomando coñac y fumando cigarros. Ellos eran los cardenales y obispos, teniendo una fiesta. “¿Qué hay acerca de esta gente? ” Preguntó el Señor a San Pedro, “Ellos no parecen estar comiendo pan con el sudor de sus frentes. Si me preguntaras, te diría que están pasando por un muy buen momento”. San Pedro contestó: “Bueno, Señor, éstos son los que saben que usted sólo estaba bromeando.”

Entrevista con el Dr. Vanamali Gunturu por Andrea Bistrich

Munich, Alemania

Vanamali Gunturu, nacido en India en 1956, conoció a Gandhi durante su infancia por los relatos que le contaban sus padres, y posteriormente en su juventud entró en contacto con Krishnamurti. Estas dos grandes personalidades causaron una fuerte impresión en él. En 1995 terminó su tesis sobre Husserl (1) y Krishnamurti, y obtuvo el doctorado por la Universidad de Munich, Alemania. El Dr. Gunturu es autor de los libros Krishnamurti – Vida y obras (1997) y Gandhi – Vida y obras (1999). La colaboradora de Share International Andrea Bistrich le entrevistó en Munich.

Share International: Krishnamurti no tenía bases académicas, pero aún y así lo considera un filósofo. Es más, en su libro escribe: “Krishnamurti era uno de los filósofos más coherentes y persistentes jamás conocidos “. ¿Podría explicar esta conclusión?

Vanamali Gunturu: Krishnamurti fue el primer filósofo que surgió de la India desde la Edad Media. Desde esa época no habían habido filósofos, sino meramente intérpretes de la filosofía india ortodoxa. Todos los demás que dicen ser filósofos no lo son. Déjeme poner un ejemplo. En Alemania tenemos una costumbre muy extraña: cuando una persona ha estudiado y ha obtenido una titulación universitaria en filosofía, se le considera un filósofo. Yo dudo que eso sea así, simplemente porque si uno estudia literatura no se le puede considerar un escritor. Si se trata de definir estrictamente lo que convierte a alguien en un filósofo, tendría que ser alguien que hubiera formulado o definido algo nuevo o sino haber ofrecido una solución a una cuestión pendiente. Esta es la forma en que podemos clasificar a Kant, Husserl, Sartre o Platón como filósofos. A esta categoría de pensadores originales pertenece Krishnamurti.

Podemos discutir si consideramos o no a Gandhi como filosofo en estos términos estrictos. Su mayor logro consiste en haber vivido la filosofía india sin compromiso, especialmente las enseñanzas de la tradición yoga–Verdad, Ahimsa (no-violencia), Brahmacharya (abstinencia), Astheya (no robar), Aparigraha (no-posesión). De esta forma, amplió y redefinió estos términos. Se habían estancado y él los reformó para que satisficieran las necesidades reales y actuales de las personas. Fue el ejemplo más reciente para la humanidad de que uno puede en verdad vivir según estas enseñanzas, y que no se trata simplemente de mitos de otras tradiciones. Al contrario, que podemos construir nuestras vidas entorno a ellas, así como toda una sociedad.

SI: Reconocer a Krishnamurti como a un filósofo le ha ascendido, por vez primera, del molde de lo esotérico y lo ha colocado entre los grandes filósofos de Occidente y Oriente. ¿Cuál ha sido la reacción?

VG: Existen devotos fanáticos y devotos oponentes de Krishnamurti, y los dos le han hecho daño. Los devotos fanáticos seleccionan los aspectos más agradables de las enseñanzas de Krishnamurtí y se quedan allí; sus oponentes lo empujan hacia el esoterismo e intentan ahogarlo. Pero ninguno de los dos realmente ha hecho el esfuerzo de implicarse con él.

Durante tres semestres impartí cursos sobre filosofía de Krishnamurti en la universidad, y en el curso comparaba a Krishnamurti con otros pensadores. El interés de los estudiantes fue sorprendentemente bueno. Resultó ser tan popular que en el aula sólo se podía estar de pie. Pero después de tres semestres la universidad canceló mis clases. En los círculos académicos existen aún demasiados prejuicios contra Krishnamurti y la filosofía india. Pero eso es otra historia.

SI: ¿Por qué, en su opinión, ha sido Krishnamurti, como filósofo, tan poco reconocido hasta hoy?

VG: Krishnamurti dijo una vez que no era un filósofo. En mi opinión, él quería distanciarse de los debates sin sentido y las preguntas pretenciosas de los académicos. Y eso le ofrecía una ventaja táctica. Porque, cuando yo digo desde el principio que no soy un filósofo, sino que tengo un pensamiento que me gustaría compartir con los demás, y cuando tu aprecias ese pensamiento, entonces o me escuchas o no – no tengo que demostrarte mis afirmaciones académicamente o con notas al pie de página. Esa era su actitud, y muy sobria creo.

Pero aún hay otra razón por la cual Krishnamurti no fue ni apreciado ni reconocido como filósofo: la mayoría de filósofos consideran que el “pensamiento” es un requisito previo a la libertad, y es precisamente este punto el que Krishnamurti contradice y muestra en su análisis – que el pensamiento no es normalmente libre, sino condicionado. Los filósofos deben reconocer esta crítica y responder al desafío que él les presentó, si es que son científicos serios.

SI: Las enseñanzas de Krishnamurti se definen a sí mismas quizás mejor como “el arte de ver” – una visión sin imágenes irritantes, sin juicios ni condenación. ¿Cómo puede uno llegar a esta experiencia de ver?

VG: Krishnamurti asume que las personas no somos libres. ¿Por qué no? No porque nos falten libertades constitucionales, derechos civiles, la emancipación de la mujer, etc. Estas son las libertades exteriores. Gandhi las llamaría las libertades parlamentarias. El hombre, según Krishnamurti, no es libre en su espíritu, y eso es peor que cualquier otra forma de esclavitud. La dependencia interna es muy difícil de distinguir. Cuando uno está en prisión sabe inmediatamente que no está libre: cuando estás encerrado en la prisión de tus pensamientos, tu patrón de pensamiento, eso es algo más difícil de reconocer. Este tipo de esclavitud se cultiva en la sociedad en varios sectores – religión, educación, ciencia, etc. Krishnamurti señaló tres formas internas fundamentales de condicionamiento: pensamiento, tiempo y ego. Están tan profundamente arraigadas dentro de nuestra conciencia que no somos capaces de distinguir su existencia y de cómo nos controlan. Krishnamurti dice: por un lado, el pensamiento está condicionado, ya que no puede existir sin la experiencia y la memoria. Por otro lado, el pensamiento condiciona la conciencia. Las percepciones del pasado causan un agrado o desagrado que deseamos evitar, renovar o revivir. ¿Cuándo? Mañana, pasado mañana, etc. Y de esta forma el pensamiento proyecta, por ejemplo un suceso agradable en un tiempo futuro. De esta forma el pensamiento crea tiempo y de ahí que el tiempo dependa del pensamiento con sus tantas percepciones. Cuando pienso en mis percepciones y trato de repetirlas o evitarlas, se engendra el ego. Cuando el ego existe, entonces todas las experiencias creadas por el individuo se organizan en torno al ego y se convierte en el centro de la conciencia. En su análisis final el ego no es más que una creación del pensamiento. Y de esta forma Krishnamurti muestra que el pensamiento está condicionado, que a través del pensamiento se produce el tiempo – que el ego surge por el pensamiento y que, una vez presente, es origen de todo condicionamiento. Cuando una persona se da cuenta de ello, no de forma abstracta o teórica, sino directamente, al igual que uno experimenta un dolor de muelas, entonces se puede lograr el ‘arte de ver’.

SI: ¿Puede este ‘acto de ver’ existir realmente?

VG: Desde luego es muy difícil. ¿Quién quiere realmente abandonar su identidad? Es una cuestión de destruir tu ego. Cada ego tiene una identidad, su propia identidad – cómo te has visto a ti mismo durante todos estos años, cómo tus padres te han visto, tus amigos, etc. ¿Quién quiere realmente abandonar todo esto? Es muy difícil, aunque yo diría que no del todo imposible.

SI: ¿De qué manera están las enseñanzas de Krishnamurti basadas en el pensamiento indio? ¿Es Krishnamurti un pensador oriental?

VG: Sorprendentemente, existen muchos elementos paralelos entre Krishnamurti y el fenomenologista alemán Edmund Husserl (2). Cuando un fenomenologista como Husserl piensa sin temor, llegará a las mismas conclusiones que Krishnamurti. Y en sus primeros escritos Husserl llega realmente a ese punto pero luego retrocede por temor – temor de las consecuencias del pensamiento lógico y fenomenológico.

La verdad no está vinculada a ningún acontecimiento histórico o restringida a una área geográfica. La biografía del filósofo, su lugar de nacimiento y su cultura, son accidentales. Todo lo que es esencial es la verdad. La verdad es sólo verdad cuando va más allá del tiempo y el espacio. Krishnamurti dijo una vez: la separación de las personas entre occidentales y orientales es meramente geográfica y arbitraria. No tiene ningún significado decisivo. El pensamiento no es ni oriental ni occidental. Las personas separan según su condicionamiento. La filosofía no puede vincularse a un lugar o a un tiempo, de lo contrario no seria filosofía real.

(1)Edmund Husserl (1859-1939), filósofo judío-alemán.
(2)La fenomelogía de Husserl es la ciencia del análisis de la conciencia.

http://www.maitreyainfo.com/archivos/iniciados/ab_filosofia.htm

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Alumbradas por el sol ardiente, rocas esculpidas que se cuentan entre las más antiguas del mundo, protegían la aldea de Madnapalle, en el distrito de Chittoor, perteneciente a Andra Pradesh en el sur de la India. Desde la sagrada región de Tirupati, a través del Valle de Rishi hasta Anantpur se extendían, coronadas por grandes peñascos, colinas que se entremezclaban con pequeños valles. Las lluvias eran mínimas, la población escasa. Tamarindos y árboles dorados como el mohúr (Mohúr, antigua moneda de la India y de Persih) suministraban sombra y estallidos de color. Era una tierra sagrada, punyasthal, donde místicos y santos habían vivido y enseñado durante siglos, y sus cuerpos estaban enterrados ahí para santificar el suelo. Fue aquí, el 12 de mayo de 1895, treinta minutos después de la medianoche, que un hijo le nació a Sanjeevamma, la mujer de Jiddu Naraniah, un funcionario público de menor jerarquía.

Los antepasados de Jiddu Krishnamurti, fueron un brahmin de la subasta Velanadu, que originalmente vino de Giddu o Jiddu, una aldea que se encuentra en medio de los arrozales en la costera Andhra. El abuelo paterno de Krishnamurti, Gurumurti, también fue un funcionario civil de menor importancia; pero el abuelo de éste, Ramakrishna, célebre por su gran erudición, su conocimiento del sánscrito y de los Vedas, tenía una posición responsable en el departamento judicial de la Compañía Británica East India.

La casa de Naraniah en Madnapalle, una de las áreas más propensas a la sequía en el sur de la India, era muy pequeña; de dos pisos y mal ventilada, tenía un frente angosto que daba a un callejón, a lo largo del cual corría un desagüe abierto. Toda el agua para la casa de Naraniah se extraía de un pozo cercano, y transportada por aguateros se almacenaba dentro de la casa en grandes vasijas de cobre pulido o en marmitas de barro.

Sanjeevamma dio a luz a Krishnamurti en la habitación que en la casa destinaban al puja(1). La significación de esto no ha sido entendida por los biógrafos de Krishnamurti. Para un hindú tradicional, ya sea que viva entre los picos nevados de los Himalayas o en Kanyahumari que está en el profundo sur de la India, en una residencia urbana o en la choza de una aldea, la habitación del puja era el lugar sagrado, el corazón de la casa donde se veneraba a los griha devaras, los dioses domésticos; era una habitación de buen auspicio gracias a las flores y al incienso y a la recitación de mantras sagrados. A la habitación destinada a los dioses sólo podía entrarse después de un baño ritual y vistiendo ropas recién lavadas. El nacimiento, la muerte y el ciclo menstrual eran los focos de la contaminación ritual. En el nacimiento y la muerte, el dueño de casa y su familia participaban en la contaminación y se abstenían de practicar el puja cotidiano; en lugar de eso, se invitaba a un brahmin del templo local para que efectuara los rituales diarios. Que un bebé pudiera nacer en esta habitación, era algo inconcebible.

La esposa y prima de Naraniah, Sanjeevamma, era una mujer devota y caritativa. Se le consideraba psíquica, experimentaba visiones y podía ver los colores en las auras de la gente. Al igual que el oído de un músico se afina perfectamente para un instrumento de cuerda, así, como madre, el oído de ella estaba afinado para los latidos del corazón del bebé que esperaba en el crisol de su cuerpo, pronto para iniciar su pasaje por los portales de la vida. Ciertos indicios de la singularidad de este nacimiento deben haberle infundido una visión profética y mucho valor; de lo contrario, no hubiera podido desafiar de ese modo a los dioses.

Temprano en la noche del 11 de mayo, Sanjeevamma percibió indicios del inminente nacimiento del bebé. Este sería su octavo hijo, y ella conocía muy bien los preparativos de rutina necesarios para la ocasión. De modo que preparó la habitación, cantó con su melodiosa voz canciones Telugu (Telugu es un idioma dravidiano hablado por la gente de Andhra Pradesh en la India. Incluye un gran número de palabras en sánscrito) para su esposo, y se echó sobre una estera en el piso superior de la casa. Los dolores comenzaron en medio de la noche. Ella despertó a Naraniah, fue a la habitación que había preparado, y se acostó sobre una estera para el nacimiento. Una mujer local, pariente muy versada en la experiencia del alumbramiento, vino para ayudarla mientras su marido esperaba afuera. Sanjeevamma tuyo pocos dolores. Durante ese período, las únicas palabras que pronunció fueron. “Rama, Rama, Anjaneya”, otro nombre para Hanuman (Hanuman, el mono devoto del héroe divino Rama en la epopeya del Ramayana, es un dios popular ampliamente adorado en toda la India. En el sur se le conoce también como Anjaneya). A las 0:30 hs., en la madrugada del 12 de mayo, la mujer que ayudaba abrió la puerta y le dijo a Naraniah: “Sirsodayam, la cabeza está visible”. Conforme a la tradición, éste es el momento exacto del nacimiento.

En esta pequeña habitación alumbrada con lámparas de aceite, en presencia del ishta devaca, el dios doméstico, Krishnamurti respiró por primera vez. Desde los protegidos espacios de la matriz, el bebé penetró en los espacios del mundo.

“Uno nace en el espacio y nace hacia el espacio”(2).

El horóscopo del niño fue hecho a la mañana siguiente por Kumara Shrowthulu, un renombrado astrólogo de esa región, quien le dijo a Naraniah que este nuevo hijo habría de ser un gran hombre. La carta astrológica era compleja; el niño tropezaría con muchos obstáculos antes de madurar hasta llegar a ser un gran Maestro.

Durante once días del período prescrito, el bebé permaneció en una atmósfera que recreaba el ambiente de la matriz. Yacía en la semioscuridad, dulcemente mecido en una cuna de lienzo, próximo a su madre. Como en todos los nacimientos de hindúes ortodoxos, el ingreso de Krishnamurti en la deslumbrante luz del sol y en el mundo, fue gradual.

En el sexto día posterior al nacimiento, tuyo lugar la ceremonia en que se otorga el nombre. Era inevitable en esta familia atada a las tradiciones, que al octavo hijo se le diera el nombre de Krishnamurti, simbólico de Krishna, el dios-pastor que fuera el octavo hijo.

Tres años más tarde, en 1898, Sanjeevamma dio a luz otro niño. Se le llamó Nityananda, “bienaventuranza eterna”.

Cuando Krishna cumplió seis años, se realizó el upanayanama. Esta es una ceremonia de iniciación en el brahmacharya, el período de casto discipulado, que es la primera etapa en la vida de un brahmin. La ceremonia tuyo lugar en Kadiri, adonde fue destinado Naraniah.

Se colocó alrededor de los hombros de Krishna “el hilo sagrado”, y su padre susurró en el oído del niño el mantra secreto gayatri, la invocación al sol. Se le enseñó a recitar el mantra con la entonación, el acento y el gesto correctos. Debe haber aprendido a recitar el mantra gayatri al sol en el amanecer, y a realizar los rituales Sandhya durante la puesta del sol, a tomar los baños rituales, y a estar libre de cualquier forma de contaminación ritual. También deben haberle enseñado a recitar los Vedas.

Según la descripción de Naraniah: “Es una ceremonia por la que pasan los muchachos brahmines cuando es tiempo de lanzarlos al mundo de la educación. Tiene lugar entre la edad de cinco y siete años, de acuerdo con la salud y capacidad del niño. Así, cuando Krishna hubo alcanzado esa edad, se reservó un día para esta ceremonia. Es nuestra costumbre hacer de ello una fiesta familiar, y se invita a cenar a amigos y parientes”.

Cuando toda la gente estuvo reunida, se bañó a Krishna y se le vistió con ropas nuevas. Luego el niño fue introducido y se le colocó sobre las rodillas de su padre, mientras la mano extendida de Naraniah sostenía una bandeja de plata con granos de arroz diseminados. Su madre, sentada junto a Naraniah, tomó después el dedo índice de la mano derecha del niño, y con él trazó en el arroz la palabra sagrada AUM, que en su pronunciación sánscrita consta de una sola letra la primera letra del alfabeto sánscrito y de todas las lenguas vernáculas.

“Después”, cuenta Naraniah, “me sacaron mi anillo del dedo y lo colocaron entre el índice y el pulgar del niño; y mi esposa, sosteniendo la manita, con el anillo trazó otra vez la palabra sagrada en carácter telugu. Luego, sin el anillo, trazó de nuevo la misma letra tres veces. Después de esto, el sacerdote oficiante recitó mantrams y bendijo al niño a fin de que fuera dotado intelectual y espiritualmente. A continuación, mi esposa y yo nos trasladamos con Krishna al templo de Narasimhaswami para adorar y rezar por el éxito futuro de nuestro hijo. Desde allí seguimos a la escuela más cercana, donde Krishna fue entregado al maestro, quien llevó a cabo la misma ceremonia trazando la palabra sagrada en arena. Mientras tanto, numerosos escolares se habían reunido en el salón de clases, y nosotros distribuimos entre ellos, a modo de regalo, muchas cosas buenas. Así iniciamos a nuestro hijo en su carrera educativa conforme a nuestras costumbres. Después regresamos a la casa y compartimos la cena con nuestros parientes y amigos”(3).

Krishna y su hermano Nitya eran muy íntimos, pero por naturaleza eran totalmente distintos. Nitya era extraordinariamente inteligente. Aun “antes de que pudiera hablar, cuando veía a otros niños que iban a la escuela, solía tomar una pizarra y un lápiz y los seguía”(4). Krishnamurti era un niño débil y experimentaba penosos ataques de malaria. En una etapa sufrió de convulsiones, y por todo un año estuvo alejado de la escuela debido a que sangraba por nariz y boca.

Krishnamurti se interesaba poco en la escuela y en el trabajo académico, pero pasaba largas horas contemplando las nubes, las abejas, hormigas e insectos, y fijando la mirada en la vasta distancia. Ha sido descrito como enfermizo y poco desarrollado mentalmente. Su vaguedad, sus pocas palabras, su falta de interés en los asuntos mundanos, y sus ojos que miraban el mundo viendo más allá de los horizontes, fueron confundidos por sus maestros con retardo mental.

El joven Krishnamurti, pese a su aparente vaguedad, se interesaba grandemente en todos los artefactos mecánicos. Un día faltó a la escuela. Buscándolo, su madre lo encontró solo en una habitación, totalmente absorto en abrir un reloj. No se movería de la habitación y rehusaría todo alimento y bebida hasta no haber desarmado el reloj y, habiendo entendido cómo funcionaba, hubiera repuesto la maquinaria en su lugar.

El niño Krishna estaba profundamente apegado a su madre, quien parecía darse cuenta de la naturaleza singular de su hijo(5). Sanjeevamma murió en 1905, y su muerte dejó al niño Krishna confundido y desolado. Años más tarde, en el verano de 1913, cuando él estaba en Europa, decidió empezar a escribir su autobiografía. La tituló: “Cincuenta años de mi vida”, teniendo el propósito, a medida que pasaran los años, de “añadir nuevos acontecimientos, y por el año 1945 habré justificado el título”(6). Pero, ¡ay!, el relato habría de ser abandonado después de las primeras páginas. Sin embargo, el corto manuscrito arroja una luz muy interesante sobre sus sentimientos y los primeros años vividos con su madre. A la edad de dieciocho años sus recuerdos eran todavía muy vívidos, y es muy conmovedora la descripción que hace de las visiones que tuyo de su madre después de que ella muriera:

“Los recuerdos más felices de mi niñez se concentran alrededor de mi madre, quien nos prodigaba todo el cuidado amoroso por el que tan bien conocidas son las madres de la India. Yo no puedo decir que me sintiera particularmente feliz en la escuela, ya que los maestros no eran muy amables y me daban tareas muy difíciles para mí. Gozaba con los juegos en tanto no fueran demasiado rudos, pues tenía una salud muy delicada. La muerte de mi madre en 1905 nos privó a mis hermanos y a mí del ser que más nos amaba y cuidaba, y mi padre estaba muy ocupado en sus asuntos para prestarnos mucha atención. Yo llevaba la existencia usual de un joven indio corriente, hasta que llegué a Adyar en 1908 [en realidad, fue en enero de 1909].

Adyar tenía para mí un interés especial, puesto que mi padre acostumbraba asistir ahí a las convenciones de la Sociedad Teosófica. También en Madnapalle celebraba él reuniones para el estudio de la Teosofía, y yo aprendí acerca de Adyar gracias a mi madre y a él. Mi madre tenía una habitación para el puja, donde practicaba regularmente su culto; en la habitación había cuadros de deidades Indias y también una fotografía de Mrs. Besant vestida con ropas indias y sentada con las piernas cruzadas sobre un chowki, una pequeña plataforma en la que había una piel de tigre.

Yo generalmente me encontraba en casa mientras mis hermanos estaban en la escuela, porque sufría mucho de fiebre de hecho, casi todos los díasy con frecuencia entraba en la habitación del puja cerca del mediodía, cuando mi madre practicaba sus ceremonias cotidianas. Entonces solía hablarme acerca de Mrs. Besant, del karma y de la reencarnación, y también me leía cosas del Mahabharata, del Ramayana y de otras escrituras hindúes. Yo tenía solamente unos 7 u 8 años, de modo que no podía entender mucho, pero creo que sentía en gran manera aquello que no podía realmente comprender.

El escribir acerca de mi madre, trae a mi memoria algunos acontecimientos que tal vez valga la pena mencionar. Ella era hasta cierto punto psíquica, y a menudo veía a mi hermana que había muerto unos dos o tres años antes. Ambas conversaban, y había un lugar especial en el jardín al cual mi hermana acostumbraba venir. Mi madre sabía siempre cuándo mi hermana estaba ahí, y en ocasiones me llevaba con ella hasta el lugar y me preguntaba si yo también la veía. Al principio yo solía reírme ante le pregunta, pero ella me pedía que mirara nuevamente, y entonces, a veces, veía a mi hermana. Más tarde, siempre pude verla. Debo confesar que eso me asustaba muchísimo, porque la había visto muerta y su cuerpo incinerado. Por lo general, me pegaba precipitadamente a mi madre, y ella me decía que no había razón alguna para temer. Yo era el único miembro de mi familia, excepto mi madre, que tenía esas visiones, si bien todos creían en ellas. Mi madre podía asimismo ver las auras de las personas, y yo también las veía a veces. No creo que ella supiera qué significaban los colores. Hay muchos otros acontecimientos de similar naturaleza que ahora no recuerdo. Hablábamos a menudo de Krishna, por quien yo me sentía especialmente atraído, y una vez le pregunté a mi madre por qué lo representaban siempre de color azul. Me dijo que su aura era azul, pero no sé cómo podía ella saberlo.

Mi madre era muy caritativa. Se mostraba afectuosa con los niños pobres, y entregaba comida regularmente a los que eran de su propia casta. Cada niño venía a nuestra casa un día especial de la semana, y a otras casas iba en otros días. Teníamos cotidianamente un número de mendigos que a menudo acudían desde una distancia considerable para recibir arroz, dal, y de vez en cuando ropas.

Antes de venir a Adyar, mis hermanos y yo asistimos a muchas escuelas, de las cuales la más agradable fue la de Madnapalle. Esta fue mi primera escuela cuando era muy niño, puesto que nací en Madnapalle. Siendo mi padre un funcionario gubernamental, lo transferían continuamente de un lugar a otro, de modo que nuestra educación se interrumpía muchísimo.

Después de la muerte de mi madre las cosas empeoraron, porque realmente no había nadie que nos cuidara. En relación con su muerte, puedo mencionar que la veía frecuentemente después de que murió; recuerdo haber seguido una vez la forma de mi madre subiendo las escaleras. Extendí la mano y me pareció que tocaba su vestido, pero ella se desvaneció tan pronto llegamos al último escalón. Hasta hace poco tiempo, acostumbraba oír a mi madre siguiéndome cuando iba a la escuela. Esto lo recuerdo particularmente, porque oía el sonido de los brazaletes que las mujeres indias llevan en las muñecas. Al principio miraba hacia atrás medio asustado, y veía la forma vaga de su vestido y parte de su rostro. Esto ocurría casi siempre cuando yo salía de la casa.”

(1) Mary Lutyens, Los Años del Despertar; también B. Shiva Rao, El Nacimiento y los Primeros Años, manuscrito sobre la infancia de Krishna, Archivos de la Sociedad Teosófica, Adyar, Madrás.
(2) Sarvapalli Radakrishnan, “Los Principales Upanishads”, El Chandoga Upanishads.
(3) Relato de Naraniah sobre la niñez de Krishna, tomado por Mrs, Katherine Taylor, una teósofa inglesa que vivía en Adyar. La declaración está firmada por Naraniah, y como testigos, Von Mannen y Mrs, George Gagorin, Archivos de la Sociedad Teosófica, Adyar, Madrás.
(4) Ibíd.
(5) Ella le habló de sus sentimientos por una vecina, quien más tarde seria la abuela de Radha Burnier, Burnier, que pertenece a una prominente familia de teósofos, fue una del grupo más intimo de Krishnaji en la India, En 1986, era presidenta de la Sociedad Teosófica.
(6) J, Krishnamurti, Autobiografía. K comenzó a escribir su autobiografía en 1915, mientras se encontraba en Varengeville, Normandía. Anotó sus reminiscencias hasta 1911. (Adyar, Madrás, Archivos de la Soc, Teosófica).

Biografía de J. Krishnamurti. Pupul Jayakar.
Editorial Kier.

“Nunca dije: Soy el Instructor del Mundo; pero ahora que siento que soy uno con mi Bienamado, lo digo, no para imprimir mi autoridad sobre ustedes, no para convencerles de mi grandeza ni de la grandeza del Instructor del Mundo, ni aun de la belleza de la vida, sino meramente para despertar en sus corazones y en sus propias mentes el deseo de buscar la Verdad.” Jiddu Krishnamurti. Año 1927.

Videos subtitulados en Español.
http://www.youtube.com/FKLatinoamericana

“YO Y MI HERMANO SOMOS UNO”

Krishna y Nitya habían compartido su soledad en un mundo extraño; reían juntos; contaban cuentos cómicos; viajaban juntos planeaban juntos el trabajo futuro y toda la vida. (En una carta enviada desde Ojai el 21 de febrero de 1923. Nitya había escrito a Mrs. Besant: “Krishna y yo estabamos llenos de proyectos que vamos a realizar en la India: y queremos hablarle de ellos y ambos deseamos regresar. Jamás en mi vida he sentido tantas nostalgias de la India: California ha hecho de mí un hindú. Comienzo a comprender en pequeña escala, desde luego, lo que usted siente por la India.

Con todo mi amor, Nitya”9.

Escribiendo después de la muerte de su hermano, Krishnamurti decía: “Un viejo sueño ha muerto y uno nuevo ha nacido. Está surgiendo una nueva visión y está desplegándose una conciencia nueva he llorado pero no quiero que otros lloren; y si lo hacen, sé lo que eso significa. Ahora lo sé, sé que ahora somos inseparables. El y yo trabajaremos juntos, porque yo y mi hermano somos uno”.

Por la época en que Krishnamurti y la Dra. Besant llegaron a Adyar, Krishnamurti había emergido de su batalla con el dolor, inmensamente sereno, radiante y libre de todo sentimiento y emoción. Pero su creencia en los Maestros y en la jerarquía oculta, había experimentado una revolución total. Ya raramente habría de referirse otra vez a los Maestros en su forma física. En años posteriores, hablando con vacilación de este período, Krishnamurti aceptaba que tal vez la intensidad del dolor había desencadenado una inmensa e inexpresable percepción. Una inteligencia que había tardado largos años en madurar, que había permanecido en estado latente, había funcionado en el momento de mayor agudeza del sufrimiento. (En un mensaje al Grupo Internacional de Preparación Propia, poco después de la muerte de Nitya. Krishnaji escribía: “Por ejemplo, cuando mi hermano murió, yo me sentí completamente perdido. Ustedes no tienen idea de cómo me sentí durante dos o tres días por más que eso, por una semana tal vez. Todavía le echo de menos; siempre le echaré de menos físicamente, pero siento que él y yo estamos trabajando juntos, que recorremos el mismo sendero del mismo lado de la montaña, viendo las mismas flores, las mismas criaturas, el mismo cielo azul, las mismas nubes y los mismos árboles. Es por eso que siento como si fuera parte de él mismo; y sólo cuando me siento muy cansado, empiezo a decir: ‘Mi hermano no está ahí’. Pero enseguida mi mente me detiene y me dice lo absurdo que es un pensamiento semejante”10.

9 Archivos de la S.T. Adyar, Madrás.
10 Ibid.

Biografía de J. Krishnamurti. Pupul Jayakar. Editorial Kier.
http://seaunaluzparaustedmismo.blogspot.com/

Mi encuentro con Jiddu Krishnamurti me reveló una visión totalmente diferente a las de Gandhi y Vinoba. Según ellos, uno encuentra significado en su vida a través del servicio. Pero Krishnamurti enfatizaba la necesidad de la libertad. Uno necesita estar libre del miedo y del condicionamiento de la mente antes de poder ofrecer cualquier servicio significativo. La libertad interna es el requisito previo de la libertad social y política.

LA LIBERTAD ESPIRITUAL EMERGE CUANDO SE INDAGA PROFUNDAMENTE EN LA CONSCIENCIA

En 1960 yo estaba en la ciudad de Varanasi (Benarés). Allí un amigo, Achyut Patwardhan, me dijo: “Debes conocer a Krishnamurti. Tu historia de entrar en una orden religiosa y luego abandonarla, le fascinará. El también abandonó su orden”.

Había oído hablar de Krishnamurti. Muchos de mis amigos eran admiradores suyos. Eran lectores asiduos de sus libros y habían acudido a sus discursos. Pero yo conocía muy poco de él y de que había dejado una orden religiosa. Achyut alegremente disipó mi ignorancia:

“Krishnamurti nació en 1895 en Madanapalle, en el sur de India. Su padre, un brahmín y funcionario del gobierno, era miembro de la Sociedad Teosófica. Tras jubilarse del funcionariado, el padre, junto con sus hijos, fue a trabajar y vivir a Chennai (Madrás), en el Centro Teosófico que estaba dirigido por la carismática y sociable señora Anni Besant. Ella quedó impresionada con el aura especial de Krishnamurti. Sus ojos profundos, oscuros y penetrantes contenían una especie de misterio y espíritu que hipnotizaban a la señora Besant. Había encontrado al Mesías, el maestro mundial, a quien ella y sus seguidores habían estado esperando durante tanto tiempo. La señora Besant quedó completa y absolutamente cautivada por la sencillez, la espiritualidad y la pureza de ese niño extraordinario”.

Achyut paró un momento para tomar algo de té. Pensé que yo tenía nueve años cuando conocí a mi gurú. Krishnamurti tenía catorce cuando conoció a Annie Besant. “¿Qué sucedió entonces?”, pregunté.

“La señora Besant no perdió tiempo. Durante los siguientes dos años ella y otros teósofos formaron una organización llamada “La Orden de la Estrella del Este” y pusieron a Krishnamurti al frente. En 1912 lo proclamaron el maestro mundial, y la señora Besant se hizo su tutora legal y lo educó en Inglaterra. Durante los siguientes diecisiete años, hasta 1929, se portó de la manera que se esperaba de él. La Orden de la Estrella del Este atrajo a varios miles de miembros por todo el mundo, y adquirió interés internacional. Pero entonces, después de indagar en su propia consciencia y alma durante mucho tiempo, después de muchas noches de confusión y angustia, Krishnamurti emergió como un espíritu libre y renunció a su papel de “Maestro iluminado”, “Gurú” o “Maestro Mundial”. Disolvió la Orden y abandonó la organización. Desde entonces ha hecho públicas sus opiniones, que me han ayudado a mí y a muchos otros a buscar la verdad y encontrar la libertad”.

Este relato me pareció apasionante y solicité, a través de Achyut, poder entrevistarme con Krishnamurti. Arreglado el encuentro, fuimos a la casa de huéspedes del colegio y Achyut tocó suavemente a la puerta. El mismo Krishnamurti, listo y expectante, abrió la puerta. “Este es Satish, el que fue monje jainista”, dijo Achyut, presentándome. “Buenos días, señor”, dijo Krishnamurti, con voz educada y suave. Yo era un joven ordinario de veinticuatro años de edad, así que me sorprendió que me llamara “señor”. No sabía qué decir. Salimos a dar un paseo matinal por la orilla del Ganges. El alba apenas rompía. En esa luz tenue miré al gran hombre, del cual había oído hablar tanto. Tenía sesenta y cinco años, pero andaba con paso enérgico. No muy alto, y sin darse aires, parecía ser un hombre muy amable.

LO SAGRADO HA PERDIDO SU SIGNIFICADO Y SE HA CONVERTIDO EN CONCEPTO Y RITUAL

Justo al borde de la ribera había una familia de peregrinos que se metían en las aguas sagradas. Krishnamurti comentó: “Los hindúes consideran sagrado el Ganges, pero permiten que aguas residuales, excrementos y otras porquerías de la ciudad fluyan al río. La palabra sagrado ha perdido su significado y se ha convertido en un mero concepto. Bañarse en el agua sagrada no es más que un ritual”. Su cara denotaba una expresión de tristeza.

“Ayer, Achyut me habló de cómo disolviste la Orden de la Estrella. Lo habrás comentado muchas veces, pero me gustaría oír de ti por qué lo hiciste”. “Sentí –dijo- que no hay un programa fijo con el que se pueda llegar a la verdad. La verdad es una tierra sin caminos. Ninguna religión es capaz de llevarnos a la espiritualidad o a la libertad. Las religiones son una causa de esclavitud tanto como cualquier otra. Sólo nos pueden ofrecer una jaula o prisión religiosa. Para andar libres tenemos que deshacernos de todas las muletas. Las religiones no son más que los intereses creados de la creencia organizada, separando y dividiendo a las personas. Las religiones se basan esencialmente en el miedo. Cuando comprendí esto, cuando lo vi claro, como la luz del día, me dije: si es así, entonces yo no puedo liderar una orden religiosa”.

“Antes de disolver la Orden de la Estrella, tuve que disolver mi propio miedo, mi propia inseguridad. Una vez logrado eso, lo demás se hizo fácil. Sencillamente anuncié que la Orden no sólo no era esencial, sino que era una absoluta barrera contra el verdadero entendimiento, así que no se podía justificar más. Y así fue”. “¿Cómo reaccionó la gente ante tu afirmación?”. “Cuando se dieron cuenta de que no sólo estaba yo abandonando la Orden, sino que tampoco les estaba ofreciendo un ideal que pudieran perseguir, se sintieron defraudados. La gente ansiaba certezas, yo les estaba ofreciendo sorpresas”.

“Si no les estabas ofreciendo un ideal, entonces ¿qué les estabas ofreciendo?”, pregunté. “Amistad, conversación y diálogo, para explorar la naturaleza de la realidad. La verdad no es algo prefabricado que te pueda dar una religión o un maestro. La verdad necesita ser descubierta. La vida es un viaje de descubrimiento. La certeza sólo es posible cuando existe algo fijo y permanente, mientras que la realidad se mueve y cambia continuamente. Se encuentra constantemente en estado de transformación.

Si nuestras mentes están atadas a una creencia fija, a una determinada sabiduría, entonces ¿cómo podemos bregar con este cambio continuo? Ya que la realidad no es estática necesitamos mentes rápidas y corazones flexibles. Sólo entonces sabremos responder ante la naturaleza dinámica de la existencia. Yo no podía, y no puedo, ofrecer más que una constante conversación y exploración. A través de tal exploración podemos disfrutar de libertad total del miedo y de ideales fijos”.

LA RELIGIÓN Y LA POLÍTICA SON PARTE DEL PROBLEMA, NO DE LA SOLUCIÓN

“¿Estás diciendo que no hay nada de valor en los grandes textos religiosos como la Bhagavad Gita o la Biblia?”, le pregunté. “Puede que haya algo de valor en esos libros en términos de literatura o como un relato del pensamiento de una persona. Pero la verdad no está en ningún libro. Si la verdad estuviera allí, entonces no habría ningún conflicto entre la Biblia y el Corán, entre la Bhagavad Gita y los sutras budistas. El conflicto sólo puede existir entre lo falso y lo falso. No puede haber conflicto entre lo verdadero y lo verdadero. Ni entre lo verdadero y lo falso.

Igual que no puede haber conflicto entre dos personas que amen la paz, o entre una persona que ama la paz y otra que ama la guerra. El conflicto en realidad sucede sólo cuando hay dos que aman la guerra y quieren salirse con la suya. El conflicto religioso es entre una religión falsa y otra religión falsa. Las religiones se han convertido en vehículos de propaganda, y la propaganda no es la verdad”.

“¿Quieres decir que las religiones no son parte de la solución, sino parte del problema?”. “Gracias, señor”, dijo Krishnamurti. “Has estado prestando atención a nuestra conversación. Tienes toda la razón. La verdad no se puede comprender a través de ningún credo, ningún dogma, ninguna sabiduría filosófica, ninguna técnica psicológica, ningún ritual o sistema teológico. La verdad se experimenta de momento a momento, en la red de relaciones”.

“¿Qué es la “red de relaciones”?”, pregunté. “Te das cuenta, señor, de que tú eres el mundo y el mundo eres tú? El mundo no es algo aparte de ti y de mi. Hay un hilo común de relaciones que nos teje a todos juntos. Fundamentalmente estamos todos totalmente conectados. Superficialmente las cosas parecen estar separadas. Especies distintas, razas distintas, culturas y colores distintos, nacionalidades y religiones y políticas distintas. Si te fijas bien, inmediatamente verás que todos somos parte del gran tapiz de la vida. Cuando podemos vernos a nosotros mismos como parte de este glorioso patrón de relaciones, entonces los conflictos entre naciones, religiones y sistemas políticos se acabarán.

Los conflictos nacen de la ignorancia. Cuando ignoramos que toda la vida está interconectada, entonces intentamos controlarnos los unos a los otros. Cuando no existe el entendimiento de que las relaciones son la base de nuestra existencia, entonces sólo hay desintegración en la sociedad. Las relaciones son el cimiento sobre el que todos existimos”.

Debimos de estar andando durante casi una hora. Krishnamurti tenía que dar su discurso público a las diez. Comenzamos a regresar. Achyut permanecía callado. Se alegraba de haberme presentado, un joven “rebelde”, a Krishnamurti, un viejo “rebelde”.

Tras haber dado la vuelta, aún pregunté: “Dices que la religión, la política y las ideologías han herido a la humanidad. ¿Cómo podemos curar estas heridas? ¿Cómo podemos regresar al estado de unión?”. “El problema es mucho más profundo que lo concerniente a religiones o política”, dijo Krishnamurti. “Comienza en nuestras mentes, nuestros hábitos, nuestras vidas. Existe un condicionamiento constante que ha perdurado durante siglos. Estamos sujetos al condicionamiento y participamos en nuestro propio condicionamiento.

El juzgar, el prejuicio, los gustos y disgustos, todos forman parte del mismo problema. Se nos ha condicionado para creer que el observador es distinto a lo observado, que el pensador está separado del pensamiento. Este dualismo, esta división en compartimentos, es la madre de todos los conflictos, la base de todo dolor y sufrimiento. ¿Me entiendes, señor? Es muy importante”. “Espero haberlo entendido. Sin embargo, ¿cómo pasamos del dualismo a la totalidad?”, proseguí averiguando.

“Para poder sanarnos, debemos ir más allá de las teorías, las fórmulas y las respuestas prefabricadas. Debemos estar callados y prestar atención. El silencio y la atención proporcionan la base para la meditación. La meditación es un proceso curativo para las heridas de la fragmentación. Al meditar, las divisiones se acaban y la totalidad emerge. Ya no hay división entre “yo” y “tú”, entre “nosotros” y “ellos”, entre “bien” y “mal”. Cuando no existe el ego, no existe la vanidad, o el miedo, o el aislamiento, la inseguridad o la ignorancia, entonces hay curación y totalidad”.

LA TRANSFORMACIÓN DE LAS CONCIENCIAS NO ES UNA UTOPÍA O UN LUJO, SINO UNA NECESIDAD

Reiniciamos el camino. Krishnamurti me preguntó: “¿Qué crees, señor? ¿Qué piensas?”. “Tiene sentido. Entiendo lo que dices, pero cuando veo a esos bañistas ahí abajo, tus palabras parecen estar desconectadas de la manera en que ellos piensan, sienten y viven. Parece existir una enorme brecha. ¿Qué significan tus palabras para ellos?”. “Nada, quizás nada. Y sin embargo, si no nos transformamos radicalmente, corremos el riesgo de destruir no sólo a la especie humana, sino a la Tierra misma. Por favor, piensa en las armas nucleares y lo que todo eso implica. Una vida completa, noble y llena de claridad, es un imperativo para la supervivencia. No es una utopía o un lujo, sino una necesidad. Por favor. Cuando miremos profundamente y nos veamos a nosotros mismos como una parte integral del universo, entonces nuestras mentes parlanchinas se calmarán, la sordidez de la guerra humana desaparecerá, conseguiremos establecer un parentesco profundo y perdurable con la naturaleza”.

Acompañamos a Krishnamurti hasta la casa de huéspedes y nos despedimos inclinándonos respetuosamente. El momento estaba impregnado de sentimientos profundos hacia un nuevo horizonte para la humanidad. Al llegar a la casa de Achyut, le dije: “Sus palabras son radicales, sus pensamientos sinceros, pero ¿puedes imaginarte un tiempo en el que estemos libres de templos, iglesias, mezquitas, rezos, curas, partidos políticos y todo lo demás que divide a la humanidad? Además, ¿no está tirando al bebé con el agua sucia de la bañera?”. Achyut me dijo: “Debemos comprender lo que es el bebé y diferenciarlo del agua sucia de la bañera. Existe una gran diferencia entre la religión y las religiones. Krishnaji estaría de acuerdo en que necesitamos ser religiosos, pero ¿necesitamos quedarnos con el agua sucia de los dogmas y las disciplinas?”.

“Achyut, tú has pasado gran parte de tu vida en la política. Eras un importante miembro del Partido Socialista de India. Trabajabas para conseguir una transformación a través del cambio político. Pero ahora vives una vida tranquila, en este bungalow, rodeado de árboles y tranquilidad, mientras hay millones de personas ahí fuera sufriendo”.

Achyut se quedó pensando. Y me dijo: “La política me falló, y ha fallado a India. Los políticos usan el lema de “servir al pueblo” como una cortina de humo. Una vez llegan al poder su meta principal es permanecer en el poder, por las buenas o por las malas. Yo ví todo esto con mis propios ojos. La historia de la política está llena de decepción, corrupción y desilusión. Por eso decidí que todo era una pérdida de tiempo y lo dejé. Así de sencillo. No hay ningún gran misterio. La política se ha convertido, como la religión, en parte del problema, y no en parte de la solución. La política significa “dividir” y “dominar”; esto era así con los ingleses y es así ahora con el partido Congreso. La lucha por la independencia fue una lucha desinteresada; ahora la lucha es por el poder, por los privilegios y por la riqueza”.

“¿Qué alternativa hay, entonces?”. “La alternativa es la educación. Debemos dejar de corromper y condicionar a nuestros niños. Por eso, Krishnamurti y sus amigos han establecido colegios para hacer precisamente eso: uno en el sur de India, llamado Rishi Valley; otro aquí, otro en Inglaterra y otro en California. En estos colegios no existen dogmas fijos. Los niños son capaces de aprender sobre la unidad de la vida, a ver las cosas como son, a ser íntegros y plenos. Yo encuentro mucha más satisfacción trabajando con niños de la que hallé en la política”.

Lo dejamos ahí. Vinoba había ampliado mi entendimiento de la espiritualidad para incluir el servicio a la comunidad y a la Tierra como una práctica religiosa primaria, pero ahora la búsqueda de Krishnamurti de la verdadera libertad había retado los mismísimos fundamentos de las tradiciones religiosas.

SATISH KUMAR, Tú eres, luego yo soy. Ediciones i, 2006.
http://seaunaluzparaustedmismo.blogspot.com/

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